Sos del Rey Catolico et les médias.

Publié le par Juju

Voici un article de presse paru dans la presse espagnole, revue "Escritura Publica" n°40 (juillet/août 2006)

Al encuentro
 

SOS DEL REY CATÓLICO
A LA LUZ DE LA LUNA
 

A
pellido real para un Pueblo -con mayúscula- donde todos sus naturales son infanzones e hidalgos por un provilegio de Juan II de Aragón, el padre de Fernando el Católico. Y fue precisamente allí, quizá también a la luz de la luna, donde éste, el Rey Católico, nació un 10 de mayo de 1452 para ponerle el definitivo topónimo a Sos.
 


Texto: J.ORTIZ
Fotos cedidas por el Ayuntamiento de Sos

SI hubiera de ser diseñado un escenario para representar el terreno en que Sos del Rey Católico se desenvuelve, no faltaría el telón de fondo del pre-pirineo ni el rudo ruralismo del campo de la Valdonsella. No se podría olvidar la Sierra de la Peña ni el espolón rocoso sobre el que fue creciendo la población y que es atalaya sobre la cercana Navarra. Y en el ambiente, habría que pintar ecos de acontecimientos bélicos, de puesto de vigía cuando siendo avanzadilla de los navarros Apellido real para un Pueblo –con mayúscula– donde todos sus naturales son infanzones e hidalgos por un privilegio de Juan II de Aragón, el padre de Fernando el Católico. Y fue precisamente allí, quizá también a la luz de la luna, donde éste, el Rey Católico, nació un 10 de mayo de 1452 para ponerle el definitivo topónimo a Sos. miraba a la España musulmana, cuando los reinos vecinos se disputaban el terruño o en los tiempos en que ejércitos del otro lado de los Pirineos ocupaban hogares ajenos.

De un vistazo. Mirar a Sos desde la lejanía o desde una imposible ventana que se abriese en la Luna –la “lunera”, por supuesto– es un espectáculo soberbio desde cualquier ángulo posible. De sus tejados emergen dos promontorios: el meridional, ocupado por el Palacio de los Sada, donde nació Fernando el Católico, con almenas –las almenas son la principal característica común de los edificios sosienses– que le dan cierto aire de fortaleza; y el septentrional, la denominada Peña Feliciana, donde Ramiro II el Monje edificó el castillo, desde cuya torre se ven las montañas pirenaicas y la vista alcanza hasta Sangüesa, ya en tierras navarras. Ambos promontorios constituyen la pareja de hecho más representativa de la época medieval aragonesa.

Hay dos maneras de visitar Sos del Rey Católico, que no tienen por qué ser alternativas y que, de hecho, son ambas recomendables. Una de ellas es “el vistazo”, y no ya desde las alturas o en lontananza, sino a pie de calle. Hay unos pocos casos en España en los que una población es, toda ella y en sí misma, un monumento y este rincón aragonés es uno de esos ejemplos. Salvo por el mestizaje con las siempre bien recibidas mesnadas –valga aquí la expresión– de visitantes, Sos es medievalismo en estado casi puro.

Con la mínima condición de que no llueva, aunque no es óbice en ocasiones, el paseo entre sus casas de piedra es un baño de historia. Decía entusiasmado un mozalbete en una reciente visita que “es como meterse en una película de princesas y caballeros”. Las calles estrechas, casi imposibles a veces, con el empedrado habitual –en muchos tramos original– de su tiempo, permiten rozar portadas con dovelas y escudos y asomarse, de fuera a dentro, a ventanas góticas y renacentistas. O, para los más detallistas, sorprenderse con aleros y modillones a poco que se levante la cabeza hacia el cielo.

De puerta a puerta. En un pequeño especio, en suma, y como corresponde a la colina fortificada que siempre fue, el visitante se encuentra con un espectacular ejemplo de conjunto urbano que conserva su fisonomía defensiva. De hecho, todas sus entradas –bueno: casi todas– mantienen la antigua puerta de la muralla. La puerta de Zaragoza es donde se inicia la calle principal, que se llama Fernando el Católico, como no podía ser de otra manera. Esta calle sigue la línea de cumbre del promontorio y en ella desembocan las vías secundarias, todas en descenso, que llevan hacia las antiguas puertas de Uncastillo, Bueno, Jaca, Nador, Mudo y de la Fuente Alta o Torre de la Reina, que muchos consideran la mejor de todas y que está situada bajo una elevada torre: de ahí el segundo de sus nombres.

Claro que también podría llamarse la puerta de Mina o la de –con perdón– “merde”. Una inscripción bastante borrosa, pero identificable, dice en francés: “Merde pour les volontaires de Mina”. Se puede obviar la traducción simplemente recordando que Javier Mina –sobrino de Francisco Espoz y Mina– fue un guerrillero que, junto a los voluntarios que se alistaban a su grupo, luchó contra los invasores napoleónicos.

De anécdotas. Ya que de ejércitos invasores y anécdotas históricas se habla, ¿a nadie ha sorprendido el nombre de otra de las puertas identificada como “del Mudo”? Cuentan que en 1808, en plena Guerra de la Independencia y estando Sos en manos de los franceses, un joven salía todos los días al caer la noche para ver a su novia, burlando –claro está– la vigilancia francesa. Pero, como en la parábola del cántaro y la fuente, una de sus atrevidas escapadas fue detectada por la guardia francesa; consideraron al enamorado un peligroso espía y fue apresado. Tras los interrogatorios de rigor, durante los que no dijo palabra alguna, entre otras cosas porque no tenía ni idea de francés, parece que fue torturado. Y es aquí cuando la anécdota se mezcla con la leyenda: dicen que cuando no resistió mas el dolor, abrió la boca, saco la lengua y cortándola de un mordisco la lanzo a la cara del oficial francés, quien impresionado por su valor, le dio la libertad. El final parece que no fue excesivamente feliz, porque “el Mudo” fue recogido y ayudado a llegar hasta su novia, pero murió desangrado a sus pies.

Sirva, en cualquier caso, la anécdota o leyenda o mezcla, que poco importa al fin, para ilustrar el gusto de las buenas gentes por ensalzar a los suyos y, posiblemente también en este caso, por poner de manifiesto una injusticia que pusiese un hálito de sublevación entre quienes debían formar, al fin y al cabo, el núcleo de la resistencia hacia los que no eran bien recibidos.

De monumentos. Ya se ha dicho que Sos del Rey Católico ofrece la visión de conjunto, o expresado de manera más concisa, la de callejear perdiéndose por sus rincones, y también la específica de cada uno de sus muchos edificios históricos. ¿Hace un repaso? De la arquitectura sacra, destaca la Iglesia de San Esteban; o, mejor, las iglesias. Porque bajo este edificio de portada románica está la antigua San Esteban, donde se pueden ver singulares pinturas murales, además de sus capillas. El ayuntamiento está ubicado en un edificio del siglo XVI, renacentista, y con un espectacular alero. Del castillo del siglo X sólo queda la Torre del Homenaje. Y la Lonja medieval, que se considera bastante bien reconstruida, conserva todo el sabor de los antiguos centros de mercadeo. En la Plaza Mayor, por cierto, que sirvió para situar el mercado, hay un porche en tres planos que alterna arcos de medio punto con los ojivales; y en una de las bases entre dos arcos, un hueco donde según cuentan se colgaba la romana –báscula– para pesar las mercancías, y junto a ella está grabada la Bara Jaquesa, unidad del sistema métrico tradicional usado en la comarca.

Inevitable no pasar por alto el Palacio de Sada (o de los Sada) que es, como casi todo el mundo acepta, donde nació Fernando de Aragón. Es un magnifico, aunque sobrio, edificio, prueba de la riqueza e importancia de Sos siglos atrás.

Todo esto, en fin, y lo que cada cual descubra, esté o no en las guías al uso.

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